El usurpador del Imperio by Rosemary Sutcliff

El usurpador del Imperio by Rosemary Sutcliff

Author:Rosemary Sutcliff
Language: es
Format: mobi
Tags: Novela Histórica
Published: 2011-08-10T22:00:00+00:00


XI. La sombra

Le entregaron a Paulino uno de los brazaletes de ópalo de la tía abuela Honoria para que lo utilizase según fuera menester. Le habrían dado los dos, pero les pidió que conservasen el otro para los malos tiempos, y Flavio se quitó el maltrecho anillo de sello que no encajaba con los papeles que debían interpretar a partir de entonces, y se lo colgó de una cinta alrededor del cuello, por debajo de la túnica. Y una o dos noches después, Justino pidió permiso a Paulino para escribirle a su padre.

—Me gustaría escribirle una vez para avisarle que no va a tener noticias mías durante un tiempo. Le d-daré la carta para que la lea y se pueda asegurar de que no revelo nada.

Paulino lo consideró durante un momento y entonces le dio su rápido asentimiento.

—Sí, hay sabiduría en eso; evitará, ejem, molestas averiguaciones.

Así que Justino escribió la carta y descubrió que resultaba inesperadamente duro hacerlo. Sabía que podía ser la última carta que escribiese a su padre, así que había muchas cosas que quería decir. Pero no sabía cómo hacerlo.

—Si llega a tus oídos que he dejado mi puesto en Magnis —escribió finalmente, tras la cruda advertencia—, y si eso y esta carta son las últimas noticias que oyes de mí, por favor, no te sientas avergonzado de mí, padre. No he hecho nada para avergonzarse, lo juro. —Y eso era casi todo.

Le entregó la tablilla abierta a Paulino, como había prometido, y este lanzó una vaga mirada en su dirección y se la devolvió. Y a su debido momento fue enviada a través de cierto mercader que realizaba la travesía en la oscuridad; y Justino, con la sensación de que había cortado el último hilo que lo unía a las cosas familiares, se implicó de lleno, junto con Flavio, en esa rara vida en la que se habían visto envueltos.

Y resultó ser una vida muy extraña, y llena de extrañas compañías. Estaba Cerdic, el constructor de botes, y el muchacho Mirón, al que Paulino había pescado intentando robarle la bolsa y Fedro, de la Berenice, con su pendiente azul; también estaba un oficinista del gobierno en la Oficina del Grano en Regnum, y una anciana que vendía flores ante el templo de Marte Tutatis en Clausentium, y otros muchos. Les unía algo tan poco definido como una melodía silbada en la oscuridad o unas hebras de raigrás13 fijado en un broche o en manojo ajustado al cinturón. Muchos de ellos, incluso aquellos que vivían en Portus Adurni, no conocían el secreto del agujero detrás de los cestos en la alacena de Paulino, ni de ese otro camino —la «Senda de los Gorriones» la llamó Paulino cuando se la mostró a Justino y Flavio— que empezaba detrás de un fuerte cerca de la entrada principal del antiguo teatro y desembocaba en los tablones sueltos de la pared de la habitación donde se encontraba la pintura de Eros. En cierto singular sentido, no eran ni más ni menos que una hermandad.



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